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Barba is beautiful

Hace ya varios años que las barbas han vuelto a poblar las caras de nuestros hombres. Siempre ha habido barbudos (Julio Anguita o Papá Noel, por ejemplo), pero aquellos más atentos a su aspecto físico solían optar por afeitarse a diario, lo que les daba, en principio, un aspecto más juvenil y más “limpio”.

Aunque poco a poco las barbas fueron haciéndose cada vez más populares entre cada vez más hombres, fue cuando algunos famosos guardaron la cuchilla en el armario, que creció la presencia del vello facial en el ámbito de la moda. Aparecen en la revista Vogue Homme y han podido verse modelos bien barbados en los desfiles de Gustavo Lins, Dior y Armani.

A la hora de buscar una explicación del porqué del reciente éxito de las barbas podemos encontrar las más diversas teorías, a cada cual más rebuscada. Que si la barba proyecta instintivamente en las mujeres una imagen atractiva de virilidad, madurez y capacidad procreativa. Que si la crisis provoca un desencanto generalizado respecto a “lo correcto” (es decir, ir afeitado). Demasiado complicado…

Hombre, tampoco hay que pasarse…

Es, simplemente, una moda; una reacción contra el modelo del metrosexual aniñado que pasaba horas atendiendo su imagen, y que seguramente era más un producto de las necesidades de las empresas cosméticas de doblar su mercado de clientes que del gusto de ellos y ellas. La barba no es el único, pero es el principal ingrediente del hombre retrosexual.

El metrosexual ha muerto

De ahí que, con la barba como elemento aceptado en catálogos, pasarelas y publicidad, cada vez más hombres, en su mayoría jóvenes, optan por este “accesorio” para completar su imagen. Ahora, si cuidar y atender la barba va a exigir horas de trabajo, se está rompiendo con la regla fundamental de la retrosexualidad: el mínimo de atención al propio aspecto. Corremos  el riesgo de convertirnos en “retrosexuales de salón”.

Entonces hay barbas y barbas. La barba de tres días mantenida durante meses termina siendo artificial. Tampoco valen las demasiado cuidadas o barrocas. Para barba barba, la de leñador canadiense como mínimo, a la Christian Göran. El bigote es otra cosa; ahora el mostacho más rancio aparece en las caras de los más modernos, normalmente asociados a unas gafas de pasta y una chaquetilla de punto.

Y es que, más allá de la moda, la barba mola. Es natural, suave, da carácter, permite variar tu aspecto con facilidad. Y sobre todo, denota una personalidad marcada, una forma de ser serena y desenfadada, un aceptarse tal y como somos. Que nos dure.